30 de diciembre de 2008

El pequeño bastardo. Cuento de navidad.

El pequeño bastardo era un niño de lo más cabroncete que uno pudiera tirarse en cara.
No sólo no obedecía en casa, sino que disfrutaba torturando a sus hermanos pequeños, desobedeciendo a sus padres y golpeando con palos al pobre y anciano perro que era ya incapaz de plantarle cara.

Como es de suponer, el pequeño bastardo nunca apareció por el colegio, así que sus conocimientos académicos eran prácticamente nulos.
No le importó la paupérrima situación familiar cuando decidió gastarse en una taberna del camino hacia el pueblo el poco dinero que su madre, desesperada por la enfermedad de uno de sus hermanos le dio para que fuese a por algo de verdura y leche con lo que celebrar la noche buena al mercado.

Así pues, por culpa del pequeño bastardo, toda la familia tuvo que disfrutar aquella noche buena de una deliciosa sopa de piedras que les sirviese para entonar el estómago antes de acostarse sin mayor sustento que el de la tierra y el musgo.

Cuando por fin todos estaban dormidos, le pareció al pequeño bastardo oír un ruido procedente de la chimenea y fue mayúscula su sorpresa al encontrarse allí con un anciano obeso, con barba de cinco o seis días y evidentes síntomas de estar alcoholizado que se identificó como Papa Noel. Le dijo que había venido a traerle regalos a sus hermanos y el pequeño bastardo le exigió que le entregase a él también algún regalo.

Cuando el anciano le recriminó su comportamiento y le repuso que quizá si lo mejoraba al año que viene se acordase de él, el muchacho la emprendió a patadas y puñetazos con el anciano, que accedió a dejarle un saco pesado.

Una vez se marchó el anciano, el pequeño bastardo se abalanzó primero sobre los regalos de sus hermanos pero enseguida deshecho el trenecito de madera y la muñeca de trapo que había para ellos.

Así pues, enseguida acudió a ver qué contenía su saco, pero para su mala fortuna únicamente había allí piedras y trozos de carbón.

Aquella noche nevó como hacía años que no había nevado. Un golpe de viento abrió un ventanal de la casa haciéndolo añicos, con lo que pronto un aire glacial se apoderó de todo el hogar del pequeño bastardo.

Este, en venganza por el comportamiento de Papa Noel, decidió tomarse lo que entendía por justicia por su mano y después de encender un hermoso fuego en la chimenea con los trozos de carbón, la emprendió a pedradas con sus padres y sus hermanos para que no pudieran acercarse a calentarse.

Al día siguiente, con cara de gran pena y sin cesar en su llanto, el pequeño bastardo llegó al pueblo diciendo que él había sido el único superviviente de la helada en su hogar. Así fue como este pequeño cabroncete pudo heredar, aquellas Navidades, la casa y las pocas tierras de sus padres, sin tenerlas que compartir con ninguno de sus hermanos.

Pronto hubieron cientos de reallity shows que se interesaron por la historia del pobre muchacho, incrementando de este modo de forma exponencial su pequeña fortuna. Hoy en día, el pequeño bastardo se dedica a predicar la palabra del señor en una iglesia cuyos feligreses siempre están más que dispuestos a ofrecer su apoyo económico a aquel que volvió a nacer el día de Navidad. Por otra parte, la pequeña casa y las tierras de sus padres fueron sólo el inicio de su emporio inmobiliario.
Imágenes de Ricardo Pelaez

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