30 de noviembre de 2008

Angelitos negros.



"La boca de metro de Valle de Hebrón es una más de las bocas de metro de los Transportes Metropolitanos de Barcelona. Sin embargo, dada su ubicación en el mismo pie de uno de los más importantes hospitales de la ciudad estoy seguro de que es una de las bocas de metro en las que mayores emociones de todo tipo se han acumulado a lo largo del tiempo.

Ayer, yo mismo era un claro ejemplo de emociones y sentimientos enfrentados mientras bajaba hacia el subsuelo de la ciudad. Por un lado estaba el sentimiento de culpa por deseos anteriores hacia una persona que estaba muriéndose, por el otro, el dolor y la rabia al pensar en todo el tiempo desaprovechado por ambas partes, y evidentemente, también el dolor que se siente ante la eminente pérdida de un ser querido enfrentándose a los sentimientos que intentan negar ese mismo amor.

Llegué al andén en el momento en que el metro hacía su entrada en la estación. Las lágrimas empezaban a negar mis ojos, y no fui capaz de alcanzar el transporte antes de que apresuradamente se volviera a perder en las oscuras entrañas de la ciudad. Así fue cómo en un momento me vi completamente solo en el andén mientras el cronómetro superior indicaba que faltaban tres minutos y algunos segundos para la llegada del próximo metro. Me senté en uno de los bancos de granito, me quité las gafas que empezaban a estar llenas de lágrimas y me enturbiaban ya la vista y apoyando mis manos sobre mis ojos me puse a llorar desconsolada e incontroladamente.

Al retirar mis manos de los ojos la vi. Una muchacha negra, menuda y delgada, que me miraba con unos ojos menudos, como toda la figura. Unos ojos con una mirada profunda, que atraían poderosamente la atención de quien los observara debido a su inusual brillo. Nuestras miradas se cruzaron furtivamente, apenas unas centésimas de segundo, fui yo el primero en desviar la trayectoria de mis ojos, no estaba acostumbrado a una mirada tan sincera y contundente como aquella.

En el momento en que el metro llegó al andén nos subimos los dos a la vez al convoy y acabamos sentados el uno frente al otro. Si bien en un primer momento le había calculado veintipocos años a la muchacha, observándola más de cerca se podían ver diversas canas esparcidas por su negrísima melena ondulada como sólo he visto en las mujeres de color. Sus facciones eran delicadas, finísimas cejas oscuras sobre esos ojos azabache, unos labios sumamente delgados... parece mentira lo que puede dar de si una mirada de apenas unos segundos. Eché la cabeza hacia atrás en mi asiento mientras las lágrimas seguían nublándome la vista. Tuve que quitarme de nuevo las gafas para limpiarlas, sin saber muy bien con qué, y entonces sucedió. La muchacha, que seguía atravesándome con aquella mirada, adelantó su cuerpo hacia mí con un pañuelo de papel en la mano y con una preciosa sonrisa me dijo:

-Toma, una cara como la tuya no tiene que echarse a perder llorando.

Instantáneamente se me paró el llanto como por arte de magia. Situaciones como esa le devuelven a uno la poca fe que pueda tener hoy en día en el género humano. Llegué a mi estación y dejé a la extraña que me siguió con su mirada hasta que me perdí entre el gentío del andén.

Las llamadas de madrugada nunca presagian nada bueno, y menos si uno está esperando que de un momento a otro le lleguen malas noticias. Es curioso, cuando uno piensa en la muerte, siempre piensa en el manto de dolor que esta deja a su alrededor. Sin embargo, anoche, al recibir la noticia simplemente me quedé helado. Durante unos momentos no sentí nada. dejé caer el móvil sobre la mesa y me quedé rígido contemplando el planisferio que tengo situado frente a mi en el despacho.

La noche transcurrió entre tazones de té y la absurda idea de ponerme a limpiar y catalogar algunos libros que todavía tenía en una caja. Sobre las seis o así me senté en el sofá con un libro sobre el camino de Santiago y ha sido entonces, cuando los primeros rayos del sol despuntaban entre las moreras del parque de enfrente, que el sueño y el agotamiento me han alcanzado.

De pronto he vuelto a encontrarme de nuevo en el metro. De nuevo estaba yo sentado frente a aquella muchacha negra de mirada radiante, y de nuevo se ha inclinado hacia mí con un pañuelo de papel. Sin embargo, en esta ocasión ella ha variado su discurso:

-No llores, todo ha ido bien. No ha sufrido, le sucedió mientras dormía.- A pesar de lo extraño de sus palabras, no me lo parecieron en absoluto y dejé que continuara hablando. -¿Es que acaso te sorprendes?-Dijo inclinando ligeramente su cabeza y mostrando sus blancos dientes de marfil. -No... no lo creo... me conoces perfectamente, y sabes que volveremos a encontrarnos, que tarde o temprano también tú me seguirás como anoche me siguió él...

En ese momento la delicada figura de la muchacha empezó a desvanecerse sutilmente en un brillo blanco para acabar desapareciendo.

Me he removido en el sofá para cambiar de postura, y a pesar del extraño sueño, o quizá por él he sentido que una gran tranquilidad me invadía. Sí... la conocía... verdaderamente sabía quien era... Si Machín estuviera vivo se hubiera alegrado de saber que sí que existen los Angelitos Negros."

A mi padre. Tarragona, 1 de diciembre 2006.

4 comentarios:

trainofdreams dijo...

Hace poco escribí algo sobre angeles y una película el Cielo sobre berlín de Win Wenders:Los ángeles pueden escuchar los pensamientos del ser humano y a través de ellos podemos hacerlo nosotros porque los ángeles existen o ¿no?.Sean negros o blancos.Y hay uno más desde el 29 de noviembre del 2006.

Podría escribir más pero está todo en tu relato.Un abrazo

Dante dijo...

Ya lo creo, hermano. Los angeles existen sin importar el color. Coincido con el comentario anterior, que decir que no esté dicho ya en tu relato? Como siempre, fue un gustazo leerte. Un abrazo.

fonsilleda dijo...

No soy tan categórica, no sé si existen, pero si sé que acompañan, acarician, apoyan, dan ánimos y ayudan. Sé que si no existen, nosotros somos capaces de crearlos.
Y mejor si son de todos los colores.

fonsilleda dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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