24 de noviembre de 2008

Silencios

La teva mirada,
avans de marxar
em diu que l'amor
s'ens ha rovellat.
(Pep Sala)

Tu mirada,
antes de irte
me dice que el amor
se nos ha oxidado
(Pep Sala)

Llego a casa como cada tarde desde el trabajo. Dejo las llaves encima de la mesita del recibidor. Me quito la chaqueta y la cuelgo en el perchero que hay detrás de la puerta. El sonido de la televisión me hace notar que ya estás aquí. Hoy has llegado temprano.

Voy hacia el comedor con cierta congoja y me siento aliviado cuando veo que no estás en esa sala en la que la penumbra sólo se quiebra por el destello de la pantalla del televisor. Sé que está mal que lo diga, pero es así.

Te encuentro en la cocina, cortando metódicamente la cebolla para la cena. Murmuro algo parecido a un hola y ni tan sólo te giras a mirarme. Me contestas con un hola igual de mecánico y frío que el mío mientras sigues con la cabeza agachada cortando la cebolla. Por un momento me parece escuchar un leve sollozo, pero me dices que no es nada, que la cebolla ya se sabe, tiene esas cosas. Por un instante dudo, pero finalmente no me atrevo a tocarte.

Cojo una cerveza del frigorífico y me voy al comedor, donde la televisión sigue encendida sin nadie que la mire. Me tumbo en el sofá de cualquier manera y pongo el resumen de un partido de fútbol del día anterior. ¿Qué es lo que nos ha pasado? Cuando uno se casa piensa que es para siempre, el amor se supone que tiene que ser algo eterno. Las películas y los libros no explican lo que pasa después del "y fueron felices y comieron perdices". Estos últimos días he empezado a preguntarme cada vez con más frecuencia cuanto les duró esa felicidad.

Por fin entras desde la cocina con dos platos aún humeantes. Me levanto y voy a por el pan y los cubiertos, pero de forma brusca me los arrancas de las manos –Deja, Ya lo hago yo- desvío la mirada cobarde hacia la ventana, desde la cual veo los setos en la oscuridad de una fría tarde de noviembre. No digo nada, tampoco intento coger el agua ni los vasos, no quiero discutir.

La cena transcurre con la misma frialdad que el resto de la tarde. Cada uno sentado en un extremo de la mesa. Pruebo hablándote de cómo ha ido el día, pero no me contestas y desisto del intento. Dejamos que el silencio se imponga de nuevo entre nosotros, como ayer, quizá como mañana. El nudo que se me hace en el estómago me impide seguir digiriendo la comida. ¿Dónde se han quedado aquellos días felices en que no teníamos secretos el uno para el otro y el más ínfimo de los detalles nos parecía una auténtica maravilla? Remuevo el estofado de pollo con el tenedor pero no vuelvo a comer de él. Me levanto de la mesa con el plato, quizá más tarde tenga hambre. Noto cómo me sigues con la mirada. Una mirada que percibo cargada de rencor, aunque no acabo de entender el motivo.

Hice todo lo que pude para hacerte feliz. Te acompañé al ballet aún cuando sabías que no me gusta nada, fui a exposiciones de arte abstracto que me parecían auténticas chorradas, probé la comida tailandesa a sabiendas de que me sentaría mal, y aún así parece que no se han cumplido tus expectativas.

No soy ningún santo, no tengo vocación de ello. También es cierto que más de un viernes has tenido que aguantar que llegara a casa a deshoras y algo más achispado de lo habitual. Quizá aquí fue donde tendría que haberme dado cuenta de los primeros silencios, cuando intentaba disculparme y me decías que no, que ya estaba bien, te girabas en la cama y dándonos la espalda el uno al otro hacíamos como que estábamos dormidos.

Somos jóvenes y tenemos la suerte de no tener hijos. Estos días estoy empezando a plantearme la posibilidad de que quizá debiéramos separarnos por un tiempo, de forma indefinida. Estos silencios nos arrastran a un pozo del que cada vez creo que tenemos menos posibilidades de salir.

Vuelvo al salón y topo contigo, que vas de camino a la cocina con tu plato tan lleno como el mío. Ninguno de los dos dice nada. Nos apartamos el uno del otro bruscamente, como dos polos positivos que se repelen entre sí. Los abrazos y los besos han perdido su magia.

Ya no seré para ti el Peter Pan que te lleve a Nunca Jamás para que no corra el tiempo en nuestra contra, Campanilla ha perdido el halo luminoso que antaño dejaba tras de sí y Wendy hace tiempo que ha dejado de creer en los sueños. También yo me siento cansado de luchar por una relación que hace aguas por todos lados. Lo que no acabo de entender es porqué ninguno de los dos nos decidimos a dar el paso definitivo. Creo que buscas nuevos horizontes para explorar y me siento como la maroma que amarra el barco al puerto.

Te escucho moverte por la habitación. Si las paredes hablaran... esa habitación podría contar las historias más tiernas y las más tórridas acerca de nosotros. También podría contar cómo el calor del cielo se fue transformando en el frío del averno e incluso quizá podría darnos la clave de porqué ésto ha sido así. Quien sabe...

Atraviesas el salón y te veo dirigirte al perchero. Vas a coger tu chaqueta y por un momento, con ella en la mano, te paras mirando la mía, como evocando vete a saber qué. Entras de nuevo al salón y noto otra vez tu mirada clavada en mí. Tus ojos me atraviesan. Hago un incómodo gesto para mirarte, girando la cabeza hacia atrás desde el sofá en que estoy tumbado de cualquier manera y por un segundo nos miramos el uno al otro. Tus ojos están a punto de llorar, tus labios tiemblan, pero no dices nada. No me das tiempo a que yo lo haga. Sigues mirándome y con paso determinado abres la puerta.

Sales en silencio, sin apenas hacer ruido. El nudo en el estómago se ha deshecho dando paso a un alivio intenso. Sé que después de esta noche ya no vas a volver pero lo peor de todo es que no sé si tengo ganas de que lo hagas.

3 comentarios:

trainofdreams dijo...

Triste relato, la dificultad de la convivencia. Ambos post hablan de que ya nada dura ni tan siquiera el amor.Creemos que lo que siempre durará no hay que cuidarlo y eso es algo que hay que hacer todos y cada uno de nuestros días y no darse por vencidos ( fácil de decir dificil en la realidad) consumimos el amor como los dvd...
y el silencio unas veces con su inmensa belleza otras con su infinita crueldad....
Cada día me gusta más este rincón

fonsilleda dijo...

Desesperanzador relato. Quiero pensar, mi optimismo me obliga a ello ¿o soy un ejemplo? que, a veces (posiblemente pocas, es cierto) se consiguen superar los malos momentos. Y esa última mirada antes de abrir la puerta, se convierte en un ¿decías algo? que obliga a sentarse, hablar, discutir y sentar sentimientos y pautas. A veces se consiguen superar los malos momentos.
EStupendo relato, sencillo y creíble.

Dante dijo...

Duro relato. Real. La convivencia, es el gran devorador de cariño, es cierto, pero creo, que una de las cosas que más pesan es no poder encontrar ese pequeño espacio interno donde descansar sin tener que llegar al extremo de desear que el otro no esté en la casa para estar a gusto. Difícil de sobrellevar pero no imposible. Con tolerancia, si el amor es verdadero, los escollos debieran superarse. A menos que en lugar de escollos fueran terribles metidas de pata. Un gusto pasar por esta, tu otra casa. Un abrazo.

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