2 de mayo de 2009

Man


La noche caía a plomo sobre el puerto. Sentado allí en el paseo, el afilador no pudo menos que contemplar una vez más aquel espolón artificial y sentir una punzada en el pecho. Había conocido de primera mano la trágica historia de aquel lugar y el abandono al que las autoridades supuestamente pertinentes lo condenaron le dolía en el alma.

Conoció el afilador a Man a principios de los años sesenta, cuando aún llamandose Manfred era apenas un recien llegado a Camelle que se dedicaba a recoger objetos que el mar rechazaba sobre las rocas para incorporarlos a su pequeño paraiso, un espolón rocoso del que el alemán hizo su hogar.

A los pocos veranos volvió el afilador a arrastrar su bici por las playas de Camelle y volvió a encontrarse con Man. Ya por entonces había adaptado como único vestido aquel taparrabos que sería una de sus señas de identidad hasta el momento de su muerte. Ya por entonces también podían observarse las primeras modificaciones que el alemán había hecho al espolón.

Se trataba de modificaciones artísticas y no siempre a su antojo. El espolón de Man acabó convirtiéndose en una atracción turística en la que el visitante podía, tras pagar la módica cantidad de veinte duritos allá a principios de los noventa, interactuar imaginando nuevas formas que Man pudiese esculpir y dibujándolas en una libreta que el hombre facilitaba a los turistas para que después le devolvieran y quien sabe, quizá le sirviesen de inspiración.

Durante los más de 30 años que el alemán de Camelle estuvo en aquella población, peleó con el ayuntamiento por preservar su museo ante planes urbanísticos, consiguió vencer a la burocracia haciendo que desviasen el paseo marítimo sin que afectara a "su museo".

El afilador recuerda que la primera vez que vio a Man vestir su taparrabos pensó que era alguien que había nacido milenios después de lo que le pertocaba. ¿Cómo sería su vida allí, entre las rocas, cuando el atlántico las atacaba con fuerte viento en las duras tardes de invierno?

Durante años el afilador no volvió a pensar en aquel personaje, ni en aquel lugar, aunque era uno de los pocos sitios que tenía fotografiados en su pequeño álbum personal. Sin embargo las noticias le golpearon duramente cuando, tras la tragedia del prestige saltó el alemán a todas las portadas de los diarios y los noticieros por su muerte. Cuentan que el chapapote alcanzó sus rocas. Cuentan que le dijo a un periodista que ya había soñado con su muerte a causa del petroleo. Cuentan que fue la depresión la que lo llevó a no comer y que se pasaba los dias encerrado en su chabola tras comprobar que no podía arrancar con sus manos aquella mortifera substancia. Cuentan que murió de pena.

Quizá sea por venganza, quizá por simple desidia, ha habido varias partes interesadas en mantener y restaurar el espolón de Man, pero todas han topado siempre con las autoridades del pueblo, que parecen preferir que se conviertan en un nido de suciedad y desolación a mantener viva la memoria de una de las personas que posiblemente más quiso y más hizo por aquella Camelle.

Fue una tarde de primavera, en la otra punta del país, cuando el afilador escuchó casualmente una canción que le devolvió a la memoria una vez más la terrible historia de Man. Eso fue lo que volvió a traerle hasta Camelle, simplemente con la intención de depositar una rosa dibujada entre los barrotes de la reja que ahora cierra el paso del atolón de Man el Alemán. La canción, de Joan Isaac, en castellano dice así:

Noviembre abría sus brazos
y tu desnudo, como cada mañana
buscabas por entre las rocas
el rastro de tu paraiso
¿Donde están los pájaros de alas blancas?
¿Donde el salvaje rumor?
¿Donde la memoria marina...
de espuma y alíseos del norte?

Y mudo, contemplando la tragedia
recuerdas cuando decidiste huir
de aquella Alemania brumosa
donde tu no tenías sentido.

Pero Manfred ¿Qué le han hecho al mar?
que te han arrancado el corazón
con lanzas de miseria, la atlántica belleza
que lo inundaba todo.

Noviembre abría sus brazos
y tu desnudo como cada mañana
buscabas entre las rocas
el rastro de tu paraiso.

¿Pero quien ha sido capaz de robarte
un sueño de mar infinito
la vida bañandose en la playa
y el grito abisal de los delfines?

Y dicen las brujas marinas
que te ven navegar por los arrecifes
una sombra entre tinieblas
vestida de desnudez
y mares de tristeza en tus ojos.

4 comentarios:

fonsilleda dijo...

Ya sabes, con la lágrima puesta he terminado como siempre que, aquellos días o tu alemán, nuestro alemán (que parece menos nuestro porque muchos no le entienden ni le quieren honrar) vuelven a asomarse a la actualidad.
Fueron días terribles y Man los vivió en toda su intensidad y quizá, al no poder superarlos ni borrarlos o hacerlos desaparecer, decidió que no quería superarlos.
Bicos.

Zoe dijo...

Cuando uno es sólo un sueño, destrozado el sueño, sólo queda irse con él. Bello sueño y bello man.La vida y ese mar bien vale muchos sueños y que no se vuelva a repetir nunca más... aunque eso es dificil sea en ese mar o en otro mar...

me encantó esta entrada Afilador...es necesario no olvidar..

entresuelos dijo...

vaya, se me encongió el alma!. Olvidar es lo que hace que todo vuelva a ser arrasado una y otra vez, vivir en el recuerdo es lo que te hace no ser consciente de que la vida sigue y que es importante que ese "no olvidar" sirva para hacer nuevos caminos limpios y claros. un enorme saludo.

"Premio Maria Amelia López Soliño" dijo...

Desde el blog en apoyo al “Premio Maria Amelia López Soliño” a la mejor bitácora escrita por una persona de la tercera edad, te agradecemos el cariñoso comentario de condolencia dejado en su blog y te animamos a estimular a los más mayores a seguir su ejemplo.

Un saludo afectuoso.

Amigos que leen este blog